Es difícil buscar un equilibrio y mucho menos una prueba fehaciente palpable y tangible que lo demuestre. Pero cada fin de semana cientos de personas se diluyen en la noche y en el asfalto.
Van saltando de pueblo en pueblo, de disco en disco, buscando la mordida. Ataviados hasta las cejas, de drogas diseñadas para la ocasión, impregnadas en agua y alcohol. Rechazando la salida del alba, día tras día. Son buitres y son vampiros. Se besan y se tocan. Fuman y follan, entre ellos o entre todos.
Al grito de ¡¡ a por él ¡¡ lanzado casi siempre por un imbecil, pero sobre todo, por niñatas mascachicles aullando a su macho como zorras en celo, palpando su miembro mientras rugen los motores. Pisando a tope a la caza del fantasma, muchas veces, demasiadas. Por eso solo llegan hasta la próxima curva. Luego se llenara de flores cada día, recordando, llorando y maldiciendo al cruel destino. El piloto no era el mismo. La maquina, tampoco. Pero el destino a veces va de la mano de la estupidez en demasiadas ocasiones.

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